El Porsche Panamera Turbo Techart Grand GT de Mesut Özil

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Fuente de las fotos: Auto Gespot.

Entrenadores (por José Manuel Cuéllar)

Artículo publicado en el diario ABC (14/01/2013).

Especie futbolística muy , pero que muy sobrevalorada. Tienen su valor, pero relativo, y algunos, muchos en realidad, se dan un pisto excesivo. Vean si no el ejemplo del Barcelona: llega Guardiola para entrenar a una generación de futbolistas excelentes comandados por un tal Messi y lo ganan todo. Se va Pep, llega Tito, y lo siguen ganando todo. Tito tiene que dejarlo temporalmente, viene Roura y lo siguen ganando todo. ¿Por qué? Porque los que juegan son los futbolistas. El entrenador llega y hace (algunos) algo tan fácil como poner a los once mejores de 22. Los pone en su sitio natural y listo.

José Manuel Cuéllar

José Manuel Cuéllar

Observen el Madrid que ha juntado Florentino Pérez, un cúmulo de estrellas a cual mejor. Llega mi abuela y lo hace segundo y, si el rival flojea un poco y estos han dormido bien ese año, hasta ganan algo. Lo importante de los técnicos es que si tiene un equipo bueno molesten lo menos posible. La mayoría tiene su preparador físico, su segundo y su preparador de porteros. ¿Qué hacen pues? Una labor psicológica para gestionar el vestuario, luego tienen más de psicólogos que de entrenadores de fútbol. Y también sirven para ser carne de cañón por si las cosas vienen mal. En eso sí son importantes. Pero si tienen 23 tíos buenos lo mejor es lo que hacía Molowny: “Salgan y jueguen”. Y ganaban, porque otra no queda.

¿El estilo? Pongan a Mourinho o a Pep en el Bollullos con un conductor de autobús de portero y un funcionario de banca de delantero y verán como el estilo influye poco. Juegan los futbolistas, así que menos lobos con los entrenadores.

Lo mejor es lo de Del Bosque, que se da la importancia la justa y enfatiza el mérito de sus chicos. Eso sí, maneja el vestuario como nadie. Y eso sí que es valioso, y en un equipo de los grandes más.

Y es que hay mucho chau chau en esto de los cuadros técnicos. Llega un periodista (Alfredo Duro), le ponen de director deportivo del Getafe y con dos reales lo mete en Europa justo desde la Segunda División formando un equipo de tronío. ¿Qué hacen parte de los demás ojeadores? Dejar escapar a Michu a la Premier por dos millones de euros. En esto, como en todo, hay muchos, pero buenos muy pocos.

Fuente de la Foto: Diario ABC.

Soberbia humildad (por Ignacio Torrijos – ABC 17/3/2002)

Mi estima por los estilos expresivos de Del Bosque y de Valdano, tan distintos, es declarada, real. Del Bosque es uno de esos seres vivos que tienen el detalle de contribuir a la fluidez de la vida en torno con el silencio, y sólo lo rompe si es para mejorarlo. Valdano, en cambio, cree que sus congéneres son más felices con un pintoresquismo activo de la lengua. Francis Ponge, mi segundo literato favorito (el primero es Valdano), escribió: “¿Qué hay más conmovedor que el cielo sino una nube de apacible claridad? He aquí por qué me gusta más que el silencio una teoría cualquiera, y más aún que una página en blanco un trozo escrito que pasa por insignificante. Ese es todo mi ejercicio, mi suspiro higiénico”. Valdano suspira como Ponge, más o menos. Uno, que no va de blanco o de negro, como el Madrid, uno, hombre gris, está en el término medio: lo que me gusta es ver en silencio alguna nube.

Vicente del Bosque y Jorge Valdano.

Vicente del Bosque y Jorge Valdano.

Por una vez, sin embargo, Del Bosque rompió el silencio sin mejorarlo y Valdano condensó una nube poco clara. Perdida la final de Copa, Del Bosque dijo: “Somos grandes en la derrota. No hemos puesto excusas ni hemos hablado del árbitro”. Como si el Madrid no pudiera perder sin necesidad de un motivo raro o sin una torpeza arbitral. Y Valdano añadió: “Esto nos humaniza”. Como si el Madrid, antes de caer, tuviera una naturaleza celestial. Me recuerda a Carlos Lozano, el presentador de Operación Triunfo, que nos hizo saber que ahora sigue siendo “el mismo de antes”. Menos mal que lo aclaró, porque para una sensibilidad tan impresionable como la mía hubiera sido bestial verlo cualquier noche por la televisión y, de pronto, encontrarlo divino. Yo es que soy muy humano.

Este es, pues, el Madrid humilde que ha ido al Camp Nou. La del Madrid es una soberbia humildad. Nunca ha sido tan soberbio el Madrid como cuando dice que es humilde. Cuando un equipo se reclama grande porque asume sin ira una derrota, es que aún no ha alcanzado la verdadera grandeza, que es reconocerse como normal; humanizado de raíz, y no sólo por los frutos pochos; descreído, de entrada, de su propia divinidad. Perder una final ante un buen equipo, aunque el derrotado sea el Madrid, no precisa una gran explicación. El Madrid no fue prepotente antes de ganar sobre el papel esa final, sino después de perderla sobre el campo. El que es grande en la derrota no se dedica a decirlo. Es mejor el silencio.

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