Soberbia humildad (por Ignacio Torrijos – ABC 17/3/2002)

Mi estima por los estilos expresivos de Del Bosque y de Valdano, tan distintos, es declarada, real. Del Bosque es uno de esos seres vivos que tienen el detalle de contribuir a la fluidez de la vida en torno con el silencio, y sólo lo rompe si es para mejorarlo. Valdano, en cambio, cree que sus congéneres son más felices con un pintoresquismo activo de la lengua. Francis Ponge, mi segundo literato favorito (el primero es Valdano), escribió: “¿Qué hay más conmovedor que el cielo sino una nube de apacible claridad? He aquí por qué me gusta más que el silencio una teoría cualquiera, y más aún que una página en blanco un trozo escrito que pasa por insignificante. Ese es todo mi ejercicio, mi suspiro higiénico”. Valdano suspira como Ponge, más o menos. Uno, que no va de blanco o de negro, como el Madrid, uno, hombre gris, está en el término medio: lo que me gusta es ver en silencio alguna nube.

Vicente del Bosque y Jorge Valdano.

Vicente del Bosque y Jorge Valdano.

Por una vez, sin embargo, Del Bosque rompió el silencio sin mejorarlo y Valdano condensó una nube poco clara. Perdida la final de Copa, Del Bosque dijo: “Somos grandes en la derrota. No hemos puesto excusas ni hemos hablado del árbitro”. Como si el Madrid no pudiera perder sin necesidad de un motivo raro o sin una torpeza arbitral. Y Valdano añadió: “Esto nos humaniza”. Como si el Madrid, antes de caer, tuviera una naturaleza celestial. Me recuerda a Carlos Lozano, el presentador de Operación Triunfo, que nos hizo saber que ahora sigue siendo “el mismo de antes”. Menos mal que lo aclaró, porque para una sensibilidad tan impresionable como la mía hubiera sido bestial verlo cualquier noche por la televisión y, de pronto, encontrarlo divino. Yo es que soy muy humano.

Este es, pues, el Madrid humilde que ha ido al Camp Nou. La del Madrid es una soberbia humildad. Nunca ha sido tan soberbio el Madrid como cuando dice que es humilde. Cuando un equipo se reclama grande porque asume sin ira una derrota, es que aún no ha alcanzado la verdadera grandeza, que es reconocerse como normal; humanizado de raíz, y no sólo por los frutos pochos; descreído, de entrada, de su propia divinidad. Perder una final ante un buen equipo, aunque el derrotado sea el Madrid, no precisa una gran explicación. El Madrid no fue prepotente antes de ganar sobre el papel esa final, sino después de perderla sobre el campo. El que es grande en la derrota no se dedica a decirlo. Es mejor el silencio.

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