Eppur si muove (por @manueljabois)

EN UN LIBRO QUE NO SÉ si estará en la calle dentro de poco o ha salido ya, y que firma un gallego alcoholizado de talento notorio, Juan Tallón, se recuerda al portero Fenoy, que en sus entrenamientos más desganados se limitaba a clasificar los balones que le lanzaban los compañeros en dos grandes grupos: parables e imparables. No se movía, sólo clasificaba: “parable”, “fuera”, “palo”, “imparable”… Si alguien le reprochaba algo, ponía cara de intelectual y decía: “Hoy, teoría”. Le llamaban Loco, como a Gatti, a Higuita y al 90% de arqueros del mundo. Algo tiene la portería de oficio de desharrapados y vagabundos, casi todo el día paseando por el área como por los territorios de un lobo solitario.

Iker Casillas

Iker Casillas

A Iker Casillas no habría forma de ponerle Loco, y eso que es, en el juego, la más pura extravagancia que ha tenido España; su instinto más primario, su pulsión más salvaje. Es, por decirlo al modo obsesivo compulsivo, un portero de paradas. Grandes, majestuosas, oportunísimas. Sólo así se entiende que un portero de estatura normal, francamente malo con los pies y llamativos problemas en las salidas por alto, haya sido tantos años el mejor del mundo. Casillas es un portero que se dedica a salvar partidos. Su impacto en el resultado siempre ha sido, en un porcentaje altísimo, brutal.

Con España a Casillas se le recuerda su parada aRobben y ya no tanto los penaltis contra Italia, porque una de las cosas malas que tienen las jugadas de grandeza es que se solapan unas a otras. Pero alguna vez creo que le he oído decir, y yo estoy muy de acuerdo, que la gran victoria de la selección española de este siglo fueron los cuartos de final de Viena, y me atrevería a sospechar que aquella euforia primigenia de parto de los montes no se volvió a repetir nunca en un grado tan alto, ni siquiera con el gol de Iniesta. De entonces sobrevive una imagen legendaria del madridista: el bufido al fallo del compañero y su paseo hasta la portería con cara de “me toca hacerlo otra vez”. Que lo hiciese fue lo de menos; ya todo el mundo sabía que lo iba a hacer.

Casillas perdió la titularidad del Madrid a manos de dos entrenadores distintos y eso ha motivado la organización, deprisa y corriendo, sin vergüenza alguna, de una campaña gigantesca en la prensa llena de frases, teorías y puñetazos que harían morir de rubor a cualquier ser humano que distinga la verdad de la mentira. Pues bien: ha sobrevivido. Mourinho, al lado de sus amigos o de los que se pretenden serlo, ha sido un santo caritativo con él. El daño a su carrera no ha sido tanto sentarse en el banquillo como que un periódico diga absolutamente en serio que desvía con la mirada los balones al palo. Este ramalazo de las noches del tarot, frecuente entre locutores sanadores y Melquiades de tertulia, sienta cátedra de tal forma que hay que irse a la sección para ver si el artículo está en las páginas de Ciencia.

Sobrevivió Casillas a la prensa deportiva y sobrevivió a Ancelotti porque el italiano le dio algo que en septiembre parecía una propina de pobre y hoy es el momento cumbre del año: campeón de la Copa del Rey y –aún en duda cuando escribo esto– quién sabe si de la Champions League. Los porteros de paradas, a los que se les atribuyen milagros y poderes telúricos, están más cómodos en los partidos grandes. Por eso en las competiciones cortas es donde exprimen el genio. Nunca se le ha llamado Loco a Casillas, y eso que es el único del que dicen que, como al Loco Fenoy, podría adivinar a dónde van los disparos sin moverse más de lo necesario en la portería. Afortunadamente, como la Tierra, eppur si muove.

 

Fuente: GQ.

El «muyahidin» (por Alfonso Ussía)

Alfonso Ussía

Alfonso Ussía

A Guardiola le ha crecido en Baviera su aspecto de «muyahidin». Un turbante en la cabeza y podría competir en las apariencias con Khalid Shabaz «Chuhan», el dirigente del islamismo radical afiliado a CiU, colaborador de Artur Mas y experto en el manejo de la ametralladora, según demuestra el diario «El Mundo» con las firmas de Inda y Urreiztieta. Pero Guardiola no merece comparaciones violentas. Se trata de un simple comentario, de una visión sorprendente. Por lo normal, las salchichas y la cerveza acondicionan el cuerpo hacia lo germánico. Partía un emigrante en los años durísimos del éxodo hacia Alemania, y volvía años más tarde en un «Mercedes» y más rubio. Pero a Guardiola le ha sucedido al revés, no en la «possessió» del «Mercedes», que podría adquirir un modelo diferente cada día, sino en la estética, mucho más musulmana que el día que llegó a Munich. Y esa transformación se puede deber a la resignación anímica y la melancolía. Para un mediterráneo que nace, crece y vive ante los azules cobaltos del «Mare Nostrum» y no precisa de sacrificios para sacar adelante a su familia, lo de las salchichas, cansa en demasía. Porque Guardiola no sólo echa de menos la vida de Barcelona, y la luz de la mar, y probablemente la butifarra, sino a Messi, Iniesta y Xavi, que no juegan en el Bayern de Múnich. Cuando se crea una manera de competir en el fútbol, con unos futbolistas concretos, es alzada necedad intentar hacer lo mismo con jugadores que en nada se parecen a los de la etapa triunfadora. Y esa sensación de frustración crece, corroe el buen ánimo y las consecuencias son inevitables. Aspecto de «muyahidin».

En el transcurso del varapalo que el Real Madrid regaló al Bayern de Múnich en el «Allianz Arena» de la capital de Baviera, a Guardiola le cambió la mirada y le fue sobrando, a medida que pasaban los minutos, la indumentaria occidental. Contemplaba el nada posesivo, pero eficacísimo y grandioso juego del Real Madrid con animadversión creciente. Lo reconoció el pensador iraquí Ahmed Mustafá Al Kheladi: «Veo a un infiel y deseo degollarlo, sí o sí». En España, nación a la que renuncia, Guardiola era tratado con una generosidad unánime. Había un fondo de cursilería en ello. Pero los alemanes son más pragmáticos, directos y duros que los españoles. Ahí están Beckenbauer y Rummenigge poniéndolo a parir por su obsesiva inclinación por la «possessió» que no sirve para nada. En 180 minutos de juego, el Bayern acaparó la «possessió» del balón durante 130 minutos, y el Real Madrid, con apenas cincuenta con la pelota en su poder, le cascó cinco pildorazos, uno en Madrid y cuatro en Munich, ofreciéndole gratuitamente una lección de fútbol, eso tan hermoso y formidable que hizo grande al Bayern de Heynckes. Se comenta por sus círculos cercanos que Guardiola es más «anti» que «pro». Más antimadridista que culé o bayernícola. Esa fijación en la animadversión es la que ha destruido el aparente equilibrio emocional de Guardiola. Guardiola abomina del Real Madrid, y me parece bien por cuanto ha crecido mientras aprendía a odiarlo. Lo entiendo porque a mí me sucede exactamente lo mismo con el «Barça», pero no soy entrenador. No son tirrias curables, sino crecientes. Era niño cuando el Real Madrid ganó su primera Copa de Europa. Tenemos nueve y buscamos la décima alegría. Pero mi mayor gozo futbolístico me lo proporcionó la tanda de penaltis en Sevilla en la final que disputó el «Barça» al Steaua de Bucarest. La vida es así. O Guardiola evoluciona, o Guardiola termina de nuevo en el «Barça», con un Messi que ya no es tan Messi, un Iniesta con breve futuro y un Xavi que ya no existe. Es decir, como en el Bayern. «Possessió» para nada. Y claro, brotan enconos y desafectos y se termina con expresión de «muyahidin».

Fuente: La Razón

El escupitajo (por Alfonso Ussía)

Pocas cosas me han repugnado más que el escupitajo de Messi cuando llegó el Rey a presidir el partido final de la Copa y se interpretaba el Himno Nacional. El de España, que el de Argentina no tenía vela en ese entierro. Como poco, Messi es un ineducado. Como mucho, un impresentable que escupe mientras se oye el himno de la nación que le ha hecho rico. Una considerable proporción de seguidores del «Barça» abucheó al Himno y al Rey. Está en el guión de la Generalidad de Cataluña y el miserable odio se extiende desde los despachos de La Masía. Si lo que pretendió Messi fue sumarse a la grosería, lástima me produce. Aquel gran jugador que adoraba su afición por los goles que metía, hoy pretende mantener el amor de los suyos escupiendo los símbolos de España. Escupió hormonas sobre el césped del estadio valencianista. Hormonas para trotar, que últimamente es lo único que hace, porque sus galopes los lleva dibujados en sueños sobre la hierba de Maracaná, la única que le interesa.Y ahí todos los socios y partidarios del club mayoritariamente separatista,aplaudiendo el escupitajo y adheridos a la desfachatez de un futbolista que no cobra de la Selección de Argentina, sino del Fútbol Club Barcelona, al que ha abandonado en su interés en beneficio del interés propio.

«Valors». El de algunos futbolistas como Iniesta, natural de Albacete, que se descolgó la medalla que premia a los finalistas perdedores con la cinta de la Bandera. «Valors» zafios, ramplones y soeces. Todo para contentar a esa mayoría de la masa derrotada que se ha dejado contagiar por la fobia antiespañola de los nacionalistas. El Rey no escupió a la cara de Mas ni de Bartomeu, pero con sus silbidos al Himno y a su Majestad la mayoría de los desplazados a Valencia con sus diferentes uniformes, sí escupieron al Rey y al resto de España con su deleznable actitud. Está bien no aplaudir un himno que no se siente. El recurso es el silencio. La pitada y el escupitajo de Messi son la consecuencia de un programado plan para fomentar la animadversión hacia España de las instituciones de Cataluña, Fútbol Club Barcelona incluido. «Valors».

Alfonso Ussía

Alfonso Ussía

Ví el partido con muchos amigos. Los había profundamente atléticos, otros del Athletic de Bilbao, algunos del Sevilla y dos del «Barça». Cuando apareció el Rey, sonó el Himno, silbaron los necios y escupió Messi, los dos partidarios del «Barça» se disculparon –hay millones de catalanes bien educados–, y el resto se hizo inmediatamente madridista. Madridistas durante dos horas, y no creo equivocarme si afirmo que esa reacción se dio en muchos millones de hogares españoles, abochornados por la falta de educación de una institución deportiva entregada a las sinrazones políticas. No han comprendido aún los dirigentes del«Barça» que  que hay más «culés» en el resto de España que en la propia Cataluña. Y están perdiendo su bien ganada simpatía cuando el Fútbol Club Barcelona se dedicaba a jugar al fútbol y no a fomentar el odio de aldea.

Cuando el Real Madrid gana al «Barça» tengo por costumbre leer la prensa deportiva de Barcelona. Extraordinaria y agradable costumbre. No soy lector de periódicos deportivos, pero en estas ocasiones su lectura es harto gratificante. Un majadero del «Mundo Deportivo» titula a toda página: «La afición blanca pierde el señorío». Según narra, entre los miles de aficionados blancos que acudieron a Mestalla, un pequeño grupo se mofó de Neymar y Alves con gestos racistas. Lo siento mucho y lamento esos desprecios de cretinos. Pero fueron diez, no diez mil. Diez mil sumaron los que pitaron el Himno, silbaron al Rey y aplaudieron el escupitajo de Messi. Es decir, «valors» y señorío. Deliciosa crónica escrita con la bilis del periodista vencido. Disfruté con ella. En el fondo, había elogio en el escandaloso titular. El señorío sólo lo pueden perder los que lo tienen. Y este «Barça» y su afición lo perdieron totalmente desde que dominó al gran club de Barcelona el horizonte agraviado de los paletos.

No saben ver la realidad. El escupitajo de Messi fue también contra su propio equipo, sus compañeros, sus afición y sus socios y dirigentes. Messi ha decidido guardarse para el Mundial, pero ingresa en su cuenta sumas escandalosas que no provienen de Argentina. Escupirse a uno mismo es una estupidez. Messi lo hace todos los días. Ha abandonado a los suyos.

No hizo nada en una final de Copa. No lo intentó. Y vio, desde la lejanía el gol de Bale. Tampoco le importó demasiado. Que siga escupiendo. «Valors».

 

Fuente: La Razón.

Diego López (por Emilia Landaluce)

El cancerbero liguero del Real Madrid no está solo en su lucha contra el mito con pies de tacos. Además de Ruiz Quintano y Losantos, Diego cuenta con una nutrida legión de seguidores que perdonan que de vez en cuando (muy pocas veces), como cualquier humano, falle en sus vuelos por el área. López es para muchos el heredero natural del ‘antimourinhismo’, credo de muchos madridistas; sobre todo aquellos que aún creen en nociones como señorío y las mocitas madrileñas (ahora son más bien lagartonas). López ha tenido la mala suerte de coincidir con Casillas, una leyenda devenida en novio/yerno/hijo/compañero de cañas ideal de este ruido que es España. Quizás por eso, se ha gastado más papel en pedir su sustitución que en la de politicastros de manos largas y miras estrechas. El tiempo pone las cosas en su sitio. Al menos, sus críticos reconocerán su silencio.

Diego López

Diego López

Fuente: diario ABC.