E una obsesione, e antimadridismo…

Carlos Martínez, narrador de Canal +, califica de niñato a Isco tras una entrada del malagueño sobre Gabi en el partido de vuelta de los octavos de final de la Copa del Rey entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid. En una situación similar, Luis Milla, comentarista de Canal + Liga, justifica una agresión de Emiliano Velázquez sobre Gareth Bale en la visita de los blancos a Getafe. E una obsesione, e antimadridismo…

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Rubén Uría (@rubenuria) renueva su discurso

Real Madrid – Atlético de Madrid (Ida Supercopa de España) 

 

Real Madrid – Barcelona (Ida cuartos de final de la Copa del Rey) 

A solas se imagina un novio más formal

Poco fútbol, o sea partido magnífico, de los que da gusto ver. La infancia otra vez con sus rebotes, sus patadas y sus pisotones; incluso la euforia del bullero al marcar un gol de chiripa con los sapientines flipando en la esquina, en plan a ver quién le dice que fue un truño. El derby fue para mirar entre visillos en la aldea con la rebeca apretada y echando cizaña de las hermanas Izquierdo: «Ése odiaba a tu padre». Ojalá del nuevo Bernabéu en vez del techo retráctil, que tiene algo de recogerse el pellejo, se bajen unos cortinones con cenefa para que el público pueda ver el partido detrás delatándose por los zapatos, como los amantes de la emperatriz. Una especie de oscuro objeto del deseo, el Madrid de la final de Valencia. El que gana dos veces: jugando al fútbol y no jugando. Aquel totalitarismo que incluso se sentía físico, aquel vértigo contracultural que ayer se rememoró con grandeza para aplastar al mejor equipo de la temporada, el Atlético de Madrid. No le dejaron ni saludar; se respetó el minuto de silencio porque Jesé estaba afónico.

Pepe celebra junto a sus compañeros el segundo tanto del partido.

Pepe celebra junto a sus compañeros el segundo tanto del partido.

Abrió las fauces el Madrid, que tuvo el Bernabéu a sus pies, y lo que vio el Atlético amedrentado fue el reflejo de sí mismo, la variante cholista de someter psicológicamente al rival desde el primer minuto. Diego Costa, que al acabar el último derby vio como Sergio Ramos entraba en el vestuario a pedirle que fichase por la selección, amagó con la caja B de los equipos que juegan sin pelota y que a veces desnivela el partido en las cloacas del Estado; un asunto delicado al tratarse de Pepe, Ramos y Arbeloa. De la impresión Pepe llegó a arrancarse un moco como si estuviese pariendo una cabra. Hicieron de Costa un jugador en estado de asombro, casi apalizado. El área a Costa se le hacía Guantánamo. Se peleó con Pepe, dos brasileños extranjeros de sí mismos, en lo que parecía una reyerta de americanos expatriados en el Ritz de París. Si Simeone pensó en jugar al mourinhismo con el Madrid olvidó que todos éstos son hijos espirituales de Mou; que se saben los códigos del barrio y que aquel italiano que rondaba el área técnica como un tigre manso, olfateando el miedo, sonreía malicioso. No sabe nada, Carlo. Le hace las tácticas Silvio, le decían, montado sobre una Mubarak con una brida en la mano y el 4-3-3 en la otra.

En el primer duelo a muerte del año el Madrid no falló. Retoñó con violencia Jesé dos semanas antes de la temporada de la fresa; abrumó Modric de tal forma que por placer, como quien se concede apáticamente un lujo, se puso a achicar goles; astilló el centro del campo Di María, zigzagueando en horizontal para entregarle un balón a Pepe, que ya hay que ser Picasso en Avignon. Con la defensa pidiendo pasaportes el Madrid se construyó de adentro afuera en un ejercicio de psicoanálisis, una labor de introspección que dirige Alonso (Xabi flipa con el Madrid, es como la Escuela de Viena dirigida por pacientes).

Y en ésas Angelito Di María, niño de Rusia, esperó con la nariz inquieta a que Jesé entrase en la defensa del Atlético como se entra a las seis de la mañana en una barra llena: a empujones y llevándose en la marca a la rubia. El Fideo le puso un balón con el exterior en el que sólo se echó en falta que mirase a la Meca como hacía Mesut. Jesé la reventó con la mirada y luego le dio un golpe sutil lleno de ingenio, con esa sensibilidad que los jugadores tienen de repente con la poesía, llorando bajo una montaña de músculos porque aplastaron sin remedio una flor.

Fue gol del Madrid. Otro más. Millones deben de ir ya. Se quedó la noche para perderlo todo en el casino, ver amanecer con Benzema (los dos tumbados en el capó) y casarse cinco minutos antes de llegar a casa, en plan la última y me voy. Ganar es carísimo.

Fuente: El Mundo