La doble moral de Santiago Segurola

CRÓNICA DEL ELCHE 1-2 REAL MADRID (MARCA – 26 de SEPTIEMBRE de 2013)

Cristiano Ronaldo ganó un partido sufridísimo para el Madrid, pero el protagonismo correspondió a Muñiz, árbitro habitual en las crónicas de sucesos del fútbol español. Decretó penalti en una jugada donde se agarraba todo el mundo, sobrepasado el tiempo que se había añadido, después de varias decisiones conflictivas, especialmente un derribo de Sergio Ramos a Coro que Muñiz consideró indigno de una segunda amonestación. El hombre es temido en todos los campos de España, uno de esos árbitros que confunden a todo el mundo. Cristiano transformó el penalti en medio de la escandalera, marcó su segundo gol y dio la victoria a un espectral Real Madrid. Pasó por Elche y no dejó nada para el recuerdo.

CRÓNICA DEL CHELSEA 1-1 BARCELONA (MARCA – 7 de MAYO de 2009)

Seguramente no fue el mejor partido del conjunto de Guardiola, pero pocos equipos han merecido tanto un golpe de fortuna, algo parecido a la justicia, si eso es posible en un deporte tan impredecible. Si algo dice este partido, es que el Barça también funciona contra los elementos.

Tuvo todo en contra: las ausencias de sus centrales titulares, el golazo de Essien, la expulsión de Abidal y la respuesta marcial de un adversario que tiró del catenaccio durante toda la eliminatoria. Es cierto que el Chelsea tuvo un par de excelentes oportunidades, pero no se podía esperar otra cosa de un partido que favoreció todos los planes de Hiddink.

El conjunto de Guardiola se quejó de las innumerables faltas que cometió el Chelsea con el consentimiento del árbitro, de las pérdidas constante de tiempo, de la injusta expulsión de Abidal. Nadie se puede quejar de la fantástica actuación de Víctor Valdés, rápido y ágil en todas las situaciones límite.

Santiago Segurola, Premio Vázquez Montalbán

Santiago Segurola, Premio Vázquez Montalbán

Santiago Segurola, Premio Vázquez Montalbán (click aquí)

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El robo más grande jamás contado… por Santiago Segurola

El maravilloso Iniesta se reservó la bala decisiva para el último minuto de un partido memorable para este Barça. No fue un pase, ni un tiro corto, ni una pared, ni nada de lo que acostumbra el centrocampista del Barcelona. No había tiempo para exquisiteces. El tiempo se le escapaba entre los dedos a su equipo, que no había encontrado las rendijas para igualar el sensacional gol de Essien en el minuto nuevo.

El largo y tenaz asedio del Barça no había producido ningún remate entre los palos, ni ninguna intervención de Cech. El Chelsea, el menos ambicioso de los equipos, armó una pared impenetrable. Lo fue hasta la jugada final del azulgrana, la feliz conexión entre Messi y Andrés Iniesta, que apareció libre por fin. De la chistera sacó una carta imprevista, un tiro duro, lleno de efectos y veneno, el tiro que clasificó al Barça para la final de Roma.

Tom Henning Øvrebø

Tom Henning Øvrebø

Seguramente no fue el mejor partido del conjunto de Guardiola, pero pocos equipos han merecido tanto un golpe de fortuna, algo parecido a la justicia, si eso es posible en un deporte tan impredecible. Si algo dice este partido, es que el Barça también funciona contra los elementos.

Tuvo todo en contra: las ausencias de sus centrales titulares, el golazo de Essien, la expulsión de Abidal y la respuesta marcial de un adversario que tiró del catenaccio durante toda la eliminatoria. Es cierto que el Chelsea tuvo un par de excelentes oportunidades, pero no se podía esperar otra cosa de un partido que favoreció todos los planes de Hiddink.

El gol de Essien tuvo un efecto devastador sobre el Barcelona, que comenzó con personalidad y muchos pases. Era el equipo de siempre frente al rival que se suponía. Pero el tanto del Chelsea giró definitivamente el partido, no tanto por su importancia en la eliminatoria como por la consagración del plan inglés: defensa, pierna dura, ninguna concesión y el ojo puesto en los errores del rival. Hubo varios y Drogba estuvo a punto de aprovechar alguno. Touré Yayá fue el central elegido para detenerle. Lo hizo perfectamente, pero Busquets jugó con una timidez desacostumbrada. Perdió pases sencillos y nunca logró imponerse.

El sufrimiento del Barça fue enorme. Nunca abandonó la esperanza y sólo se descompuso en los últimos minutos, cuando no había otra alternativa que la heroica. Hasta entonces fue un buen equipo con poco remate. Messi no regateó, pésima noticia, porque su equipo lo necesitaba eliminando gente y dentro del área.

Etoo permaneció sin abastecimiento toda la noche, en busca de un remate que jamás tuvo. Alves jugó con más descontrol que nunca, afectado por el gol, por la tarjeta amarilla que le impedirá jugar la final y por la ansiedad. Desperdició media docena de centros y remates.

La enorme ventaja del Barça en la posesión (70%) no significó gran cosa esta vez. Sirvió como símbolo de lo que representaban los dos equipos. Uno quería jugar. Otro se defendía con todo. El Chelsea se volvió impenetrable. Volvió a faltarle cualquier
señal de grandeza.

Su objetivo siempre fue el mismo durante la eliminatoria: destruir el delicado tejido del conjunto azulgrana. Lícito, casi eficaz, pero pobre para un equipo que se ha gastado 500 millones de euros en los últimos cuatro años. Por ninguna parte se vio la famosa generosidad y vértigo de la Premier League. Cerrojazo y a otra cosa.

En medio de las tensiones del partido emergió la figura de un árbitro lamentable. Ovrebo se apellida y podrá asociarse desde ayer a una falta de rigor en todos los sentidos. El técnico y los jugadores del Chelsea se quejaron, con razón en algunos casos, de los penaltis que el tal Ovrebo no señaló.

El conjunto de Guardiola se quejó, con la misma razón, de las innumerables faltas que cometió el Chelsea con el consentimiento del árbitro, de las pérdidas constante de tiempo, de la injusta expulsión de Abidal. Nadie se puede quejar de la fantástica actuación de Víctor Valdés, rápido y ágil en todas las situaciones límite.

Ni de la ambición del Barça, con 11 y con 10 jugadores. Finalmente, el partido derivó en lo que Hiddink quiso: retiró a Drogba, su temible delantero centro, y entró Belletti para añadir más defensas y cerrar el encuentro. Hiddinki sólo pensó en el resultado, pero el resultado le traicionó. Hace 21 años, le funcionó con el PSV Eindhoven. Esta vez, no. Llegó Iniesta para inventarse un tiro perfecto y para llevar al Barça donde lo ha merecido toda la temporada: a la final de la Copa de Europa.